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La Cripta del Héroe Olvidado




 
La antorcha ardía frente a él, cegándolo con una luz vacilante y golpeando su rostro con un calor sofocante mientras descendía por aquella estrecha fisura hacia las insondables profundidades. Que Pallowen murmurara los Salmos del Descanso Eterno sin cesar no conseguía tranquilizarlo y esperaba, con su alma estremecida, que los antepasados y ancestros que moraban en las profundidades del Paraíso supiesen disculpar aquella intromisión durante el interregno de su muerte.
Tres días antes no hubiese sido capaz ni de imaginarse en una situación semejante. Durante aquella fría noche, una serie de sordos golpes en su puerta lo despertaron. Mientras bajaba corriendo por las escaleras con un candil en la mano, los cada vez más fuertes golpes amenazaban con echar la puerta abajo.
En cuanto hubo abierto la puerta, se quedó petrificado. Un décimo del Hacendado Herwetz permanecía erguido ante su puerta. Mientras la luz de su antorcha relucía sobre bruñido peto metálico, permaneció tras el hueco de la puerta y, sin tratar de entrar, gruño amenazante:
-  ¿Eres tú Pallowen el Yunque, hijo de Delinea de Trel?
-  Sí-, consiguió articular tras unos segundos de tartamudeos inconexos.
Sin mediar otra palabra lo condujo con firmeza hasta la sucia cocina de la casa. Detrás de él, sus diez soldados entraron con las manos en las empuñaduras de sus espadas. Su mujer, que había bajado a ver qué sucedía, no pudo contener un grito angustiado que rápidamente fue acallado por las fuertes manos de dos los rudos hombres.
Otro soldado se encaminó hacia ella, pero un fuerte grito del décimo los detuvo a todos casi de inmediato. Con un gesto le indicó que bajase y se uniese a su inmóvil marido, que ya se encontraba rodeado por cuatro de sus hombres.
No pasó mucho tiempo hasta que una sombría figura traspasase la puerta, haciendo que los soldados se llevasen rápidamente la mano derecha a la frente y se inclinaran con reverente temor. Los dueños de la casa tardaron algo más en realizar el saludo ritual, pero ambos intentaron compensar su dilación con una mayor profundidad y utilizando ambas manos para la ocultación del saludo. En cuanto recibieron la bendición del monje, pudieron alzar la mirada, aunque no lograron ocultar su temor.
Es imposible, para cualquier hombre normal al menos, contemplar el rostro tatuado de un monje sin sentir un temor irracional. Las  finísimas líneas plateadas que llenaban su piel parecen cambiar si se osa posar la vista en ella, formando dibujos y formas que una mente normal no puede entender.
La oscura capucha puntiaguda delataba lo que era, aunque gracias a ella conseguía ocultar la mayor parte de aquellas figuras antinaturales que cubrían su cara. Sus brazos reposaban cruzados frente a su pecho, ocultos dentro de las amplísimas mangas cerradas de su grueso y áspero hábito, cuyos raidos bordes arrastraba por el suelo.
-  No somos…- comenzaron a murmurar el herrero y su esposa, pero el monje los interrumpió de inmediato.
-  ¡Dejadnos solos! Llevaos a la mujer a la alcoba… e id en busca de sus cuatro hijas-, dijo el monje con su extraña voz rasposa-. Pero no las mancillareis o tan siquiera las tocareis. Si algo les sucediera, yo mismo extirparé nuestros bajos instintos antes de enviaros al Fuego Redentor.
-  Como ordenéis, venerable-, aseveró el décimo mientras su frente se perlaba de sudor.
En cuanto la mujer y los soldados hubieron subido al piso superior, el monje separó sus brazos y los utilizó para retirar la capucha de su testa. La pálida piel de sus manos estaba completamente cubierta por tatuajes de metal. Bellas y finísimas líneas entrelazadas que recorrían la piel de aquel monje, mostrando un diseño tan intrincado que apenas podía distinguirse bajo la oscilante luz de las velas.
La furibunda mirada del religioso lo fulminó, interrumpiendo la fascinación que sentía por aquel delicado trabajo. Las líneas de sus tatuajes parecieron oscilar sobre la piel del monje, blanca como la leche, recalcando la mirada furibunda que este le dedicó.
-  Soy Trenese, Abad de la Orden Frateca-, sentenció con una fuerte voz, que surgió de una boca en la que sus finos labios permanecían sellados.
-  No soy digno de estar ante tan ilustrísima presencia, padre-, gimió Pallowen temblando mientras comenzaba a arrodillarse.
-  Incorpórate y siéntate ante mí. Tenemos asuntos que tratar y no podremos hacerlo contigo arrodillado en el suelo-, dijo impaciente mientras tomaba asiento en la silla principal de la mesa.
-  ¿Qué asuntos puede traer a su ilustre persona a mi indigna casa?-, consiguió preguntar tras un prolongado tartamudeo.
-  Tú mera existencia es lo que me ha atraído, hermano-, dijo tratando de sonar afable. El abad se inclinó sobre la mesa y mientras sonreía, continuó-. Es posible que precise hasta la última gota de tu sangre.
Aún ahora, descendiendo por aquella estrecha grieta húmeda y oscura, seguía sintiendo un escalofrío al recordar aquellas palabras. Pallowen no era capaz de entender el porqué lo enviaban solo, porqué no les servía un soldado, un hombre virtuoso o incluso un beato. Pero el abad le había asegurado que tan sólo él podría llegar indemne hasta donde aquella cruzada demandaba.
Por los Ancestros Originales. Una cruzada. Los Potentados le habían impuesto una cruzada a través de sus cleros y siervos. Siempre los había venerado como una fórmula útil para tranquilizarse o para evitar que los beatos santurrones de la aldea no lo denunciaran a los inquisidores por ateísmo.
Pallowen ni sabía ni le importaba demasiado lo que le aguardaría en las profundidades del Paraíso tras su muerte. Aunque sin duda, ninguna persona desearía en modo alguno el tener que soportar el tormento de la purificación en vida, que una vista con los inquisidores garantizaría con toda seguridad.
Abandonado a aquellos pensamientos, llegó finalmente al final de la estrecha grieta por la que llevaba horas descendiendo y se encontró en una gigantesca caverna que lo sobrecogió. No por la belleza increíble de las columnas resplandecientes o por los fugaces destellos que emitían las rocas de la cúpula, sino por las imponentes ruinas que se extendían por las profundidades de la creación.
Con profundo y reverendo temor, caminó entre edificios ruinosos mientras cantaba a pleno pulmón todos los Salmos que conocía. Pero pese a sus esfuerzos, no conseguía tranquilizarse. Tras horas de difícil camino, su voz se quebró, acabando por acallarse y sucumbiendo ante el silencio que flotaba en aquel lugar.
Mientras avanzaba, mancillando con sus huellas la polvorienta superficie de aquel lugar, recordó el silencio que se había asentado a su vez entre el abad y él hacía tan solo unos días. Durante varios minutos se habían contemplado en silencio, dejando que las llamas de las velas oscilaran haciendo relucir levemente los tatuajes del monje. Tras aquella prolongada pausa, que a Pallowen le había parecido eterna, el abad extendió una de sus manos sobre la mesa y cuando la retiró, un pequeño anillo reposaba sobre la mesa.
-  Esta es la Llave-, sentenció seguro-. Es un antiquísimo objeto sagrado que espero que sepas tratar con la debida deferencia.
-  Es una bella joya, venerable-, mintió Pallowen. Aquella pieza resultaba decepcionante, incluso como adorno de un campesino. El trabajo de engastado era bueno, pero su plata estaba tan picada y apagada que bien podría ser cualquier otro metal. Lo único que podría merecer algo de atención en el anillo era la pequeña esfera de oscura piedra azul-. Pero, si disculpa mi profunda ignorancia, ilustrísima… ¿Cómo o qué abrirá?
-  Hermano, ese es uno de los misterios de los objetos sagrados. Requieren de la fe para que operen como ordenan los Potentados-, dijo poniéndose en pie-. Si tienes fe, sabrás cuando y como utilizar esta Llave. Cógela.
Pallowen estaba aterrado. En su fuero interno sabía perfectamente que no destacaba por su fe en los Potentados. Pero pese a ello, la joya había respondido. En cuanto la piedra engastada tocó su piel, comenzó a brillar con un fuerte tono azul celeste que iluminó toda la habitación. Asustado, la dejó rápidamente en la mesa y aquel brillo desapareció tan repentinamente como había comenzado.
Tras aquello no tuvo elección. No la había tenido nunca, en realidad. Apenas tuvo tiempo de despedirse de su mujer e hijas antes de que los soldados lo arrastrasen fuera de su hogar, obligándole a embarcarse en una cruzada que jamás había buscado o deseado.
El abad y los soldados lo acompañaron durante todo el camino hasta la capilla, durante el cual tuvo que escuchar las constantes narraciones de los antiguos escritos sagrados, que el abad parecía saberse de memoria. Durante los días de viaje, el mejor herrero de la región se vio reducido al papel de torpe estudiante, obligado a escuchar y memorizar desde relatos que se narraban a diario en cualquier templo hasta oscuros versos cuya existencia había ignorado hasta la fecha.
Para cuando la comitiva hubo llegado hasta la pequeña capilla, ya habían transcurrido varias jornadas y el sol no tardaría en ocultarse de nuevo tras el horizonte. Las viejas estatuas que rodeaban aquel templo aislado se encontraban en un estado deplorable y los recibieron indiferentes mientras pasaban entre ellas. Todas estaban peligrosamente inclinadas, desconchadas, rotas o sencillamente hechas pedazos, pero ninguna se salvaba de haber sido cubierta con el resistente musgo de la montaña.
Excepto una. Aquella estatua, de una piedra tan blanca que parecía resplandecer bajo la mortecina luz del anochecer, no tenía ni una mancha o desperfecto. Era de un hombre mayor, ataviado con la armadura de guerra de los Potentados Ancestrales. No obstante, aunque nunca había visto aquella cara en las manifestaciones ni las ceremonias religiosas, si la había visto con anterioridad. De hecho le resultaba muy familiar y podía verla de cuando en cuando, porque aquella cara, aunque marcada por la edad, bien podría ser la suya.
A la mañana siguiente, el abad había realizado una breve ceremonia de protección y bendición ante el altar de aquella capilla. Tras haber finalizado el servicio, y antes de entregarle el petate con las provisiones para su viaje, le dijo con solemnidad:
-  Nosotros no podemos continuar. Los ancestros acabarían con nosotros en el acto. Solo tú, nuestro cruzado, puedes encaminarte hasta las puertas del Paraíso y del Reino de los Muertos con alguna posibilidad de regresar. Ten cuidado, pues aunque los ancestros te permitirán pasar, no lo harán con gusto. Te hablarán en idiomas arcaicos que no comprenderás. Te mostrarán imágenes, tanto placenteras como terribles y tenebrosas, pero no temas, no pueden afectarte, así como tú no tampoco puedes afectarlos a ellos. Obtén la reliquia y vuelve sin demorarte para que pueda ser purificada-, dijo con serenidad. Tras unos segundos de silencio, prosiguió alzando sus brazos-. Que la bendición de los Potentados te acompañe y te guarde.
-  Por Su Graciosa Intervención vivimos y prosperamos-, respondió Pallowen antes de alejarse de la luz y adentrarse hacia las profundidades de la montaña.
Muchas horas después, y tras caminar hasta casi la extenuación entre aquellos escombros, se detuvo a descansar en un lugar que consideró seguro. Recostado contra aquella gigantesca columna de piedra, comió y bebió intranquilo. No soportaba la sórdida quietud que emanaba de cada rincón de las ruinas.
Mientras comía y dejaba que sus pies se recuperasen de la prolongada bajada, se sacó el pequeño saco de cuero que colgaba de su cuello y retiró el anillo que el abad le había entregado. Como en las otras ocasiones se iluminó de nuevo en cuanto la piedra tocó su piel, tiñéndolo todo con su luz celeste.
Por el rabillo del ojo localizó un lejano resplandor, que había surgido casi al tiempo que Pallowen se había puesto la joya. En la remota profundidad de la caverna un aura de luz, se reflejaba centelleando en las columnas y el techo, indicándole de modo obvio y efectivo, el fantasmal lugar que tenía que alcanzar.
Tras un profundo suspiro de resignación, Pallowen terminó con lo que quedaba de la fría y gruesa torta, empujándola en su boca con ambos dedos. Una vez se la hubo metido en la boca, se incorporó y continuó el camino mientras aún masticaba. Sabía que si se paraba a pensar en ello, su cuerpo se negaría a moverse.
Avanzó durante horas, deteniéndose de vez en cuando durante unos minutos antes de volver a dirigirse de nuevo hacia el resplandor azul, cada vez más cercano. Comenzaba a percibir tenues murmullos conforme se acercaba a su destino, pero no sabía si era su imaginación o los ecos del más allá, que conseguían filtrarse hasta el interior de aquella caverna desde las profundidades aún mayores del Paraiso.
El resplandor azulado surgía del interior de uno de los pocos edificios que no se habían sucumbido al paso del tiempo pasado en las profundidades. No solo seguía en pie, sino que sus solidas paredes de roca blanca no mostraban un desconchón o grieta, pese a que todos los que habían ocupado sus alrededores hacía tiempo que se habían transformado en montones de escombros.
Pallowen se detuvo frente a las puertas derrumbadas. Ya no le quedaban dudas, escuchaba palabras inteligibles, risas de mujeres, hombres hablando y otros ruidos que no era capaz de identificar. Le costaba decidirse a pasar y descubrió, muy a su pesar, que su cuerpo no le respondía. No cesaba de temblar y estremecerse, su abundante bello estaba erizado y sus dientes castañeteaban con un constante repicar sordo.
Se había paralizado y lo sabía, pero no podía permitirse el quedarse allí parado indefinidamente. El repentino recuerdo de su mujer e hijas, así como las veladas amenazas que el Abad había formulado durante días, volvieron a su mente armándolo de valor. Inspirando con fuerza, afrontó su temor y los murmullos fantasmales que se interponían en su camino y decidido, traspasó el vano de aquella puerta.
Ya en la primera sala los fantasmas de aquellas ruinas lo recibieron con total indiferencia. Figuras traslúcidas lo ignoraron por completo, agolpándose mientras murmuraban  apesadumbradas en un idioma que a Pallowen apenas reconocía. Tampoco parecía preocuparle los escombros que estaban dispersos por el interior de la sala, ya que los atravesaban como si no existieran.
Un hormigueo apareció repentinamente en su costado y horrorizado comprobó como una hermosa mujer había introducido accidentalmente uno de sus brazos en el interior de su cuerpo mientras hablaba despreocupada con otro espíritu. Pallowen aterrado se lanzó contra una de las paredes y allí trató de pensar, calmarse y evitar que el pánico se apropiara de él.
Tardó bastante, pero finalmente se dio cuenta que aquellos seres hablaban en Lashés Puro. Aquella antigua lengua solo podía ser utilizada por los nobles, pero su madre la conocía y se la había enseñado en secreto cuando no era más que un niño. Pallowen siempre se había preguntado el por qué una humilde costurera conocía aquella lengua, pero ahora resultaba dolorosamente obvio.
Observó con cuidado buscando cualquier indicio que le indicase la posición de la reliquia, pero desde aquella esquina no podía distinguir gran cosa. De repente, un profundo silencio se extendió entre aquellos espectros cuando un grupo de lo que sin duda alguna eran soldados bellamente engalanados, se materializó en el dintel exterior que había cruzado hacía unos pocos minutos. Cada uno de ellos ayudaba a portar orgulloso, con un brazo extendido en alto y el otro marcando el lento paso marcial, una sencilla camilla dorada donde reposaban los despojos mortales de un general de la antigüedad.
Entonces la vio. La reliquia que buscaba reposaba sobre el pecho de aquel cadáver traslúcido. Tal y como la había descrito el Abad, una piedra transparente y centelleante de cuatro puntas sobre una joya de extraño metal, cuya imagen ahora se alejaba sobre los brazos de aquellos orgullosos soldados, rumbo a la profundidad de aquel viejo monumento.
Trató de seguirlos, recordándose una y otra vez que nada podían hacerle, pero no fue capaz de adentrarse entre la multitud. El desagradable hormigueo que sentía cuando trataba de atravesar a los fantasmas le impedía avanzar y siempre lo echaba atrás.
Cuando la comitiva que portaba el cadáver atravesó una de las puertas ahora cerradas como si estuviesen abiertas de par en par, la multitud de espectros se disolvió progresivamente en la nada. Pallowen se quedó solo y por primera vez pudo ver las ruinas desnudas que lo rodeaban, ahora únicamente iluminadas por la luz azul de la reliquia que portaba en su dedo.
-  Por fin has llegado. Te percibo desde que entraste en la caverna.-, resonó desde todos lados una voz firme. Hablaba en Lashés Puro, de modo que a Pallowen le costó responder, aunque tras varios intentos consiguió expresarse en aquella antigua forma del idioma.
-  ¿Quién va? -,  casi gritó con voz trémula-. ¡Muéstrate!
-  Tranquilo, no tienes que temer. Nada puedo hacerte salvo, quizás, responder tus preguntas.
Una figura espectral apareció en uno de los antiguos pedestales, moviéndose apenas, miró directamente a Pallowen a los ojos, pareciendo examinar el interior de su alma.
-  ¿Reconoces esta imagen?-, preguntó con una voz que surgía de todos lados, no de los inmóviles labios de aquella figura.
-  Si…  es al que portaban los soldados antes-, respondió intentando contener el tartamudeo de su voz- ¿Eres tú?
-  Soy todo lo que queda de su ser en este mundo. Pero solo soy una parte insignificante-, resonó la voz por doquier al tiempo que la figura se inclinaba en una leve reverencia-. Y tú has de ser un descendiente directo de ese hombre, puesto que solo uno de ellos podría haber traspasado indemne las lindes de esta caverna. ¿Qué te ha traído a la cripta de tu ancestro?
-  Mi nombre es Pallowen y vengo en busca de un objeto sagrado que ha sido corrompido-, dijo con sinceridad. El abad le había ordenado que no respondiera, pero algo le decía que sería mejor no ignorar a aquel ancestro errante-. El Abad Trenese me ha enviado a por ella para que pueda ser purificarla.
-  Aquí no hay objetos sagrados, y desde luego nada ha sido corrompido, Pallowen, descendiente de Miwel-, dijo. La cara de aquella representación seguía rígida y orgullosa tal y como la de la su estatua del exterior, pero la voz sonaba como si contuviese la risa-. No obstante, si has llegado hasta aquí, eres el heredero legítimo de todo lo que aquí encuentres.
-  Busco la joya que reposaba sobre su pecho. La piedra reluciente de cuatro puntas que El Único Dios Verdadero le entregó por su valor. La reliquia gracias a la cual fue capaz de derrotar a los Demonios sin alma que los Celestes enviaron contra nosotros-, rememoró con una súbita arrogancia, alimentada por el valor que aquellas palabras le habían insuflado-. ¿Dónde se encuentra?
-  La joya de cuatro puntas a la que te refieres es la Estrella de la Federación Invicta, que reposa en las profundidades de la Cripta, sobre los restos de aquel al que se la otorgaron por sus desmedidos esfuerzos-, dijo la voz con seriedad. La figura transparente mostraba ahora sobre su pecho una versión fantasmal de la reliquia, que pese a la curiosidad que sentía, Pallowen no se atrevió a examinar de cerca-. Pero mucho me temo que lo que has dicho no se ajusta a la verdad.
-  ¡Esa es la reliquia que necesito y que está corrupta! ¡No oses difamar las enseñanzas del Libro del Éxodo!
-  No sé lo que está escrito en dicho libro. Es posterior a mí. Sin embargo si sé lo que pasó durante la vida de Miwel, puesto que tengo sus recuerdos almacenados. Si lo deseas, puedo mostrártelos y enseñarte cómo, quién y por qué le entregó lo que tu llamas “reliquia corrupta”.
Sin esperar el consentimiento de Pallowen, la sala recuperó la belleza de antaño iluminándose con un esplendor fantasmal que apenas dejaba entrever a través de sus brillos, la fría decadencia de sus ruinas. Ya no estaba vacía y cientos de personas se agolpaban con ropajes elegantes, pero de aspecto algo gastado, y múltiples joyas de tosca confección.
Mientras aquel herrero convertido en cruzado avanzaba intentando evitar tocar los espectros que poblaban ahora aquella sala, casualmente logró ver en un lugar de honor a un Miwel anciano, pero aún así vigoroso y a muchos de los Potentados Ancestrales, tal y como se mostraban en las imágenes y esculturas de los templos.
Pero lo que llamó poderosamente su atención fue la presencia de diez altivos seres en un lugar de honor junto a los Potentados. De extraña apariencia, sin tratar de ocultar sus elegantes, extraños y evidentemente nuevos ropajes, destacaban como lo que en verdad eran: Celestes.
-  La Estrella le fue otorgada a Miwel cuando este ya estaba en Lasha, varios años después de que la guerra contra los Demonios Desalmados hubiese llegado a su fin-, narraba el fantasma solo para los oídos de Pallowen-. Se la entregaron los gobernantes de la Federación, a los que tú llamas Celestes, por ayudarlos a derrotar a un enemigo común desatado imprudentemente por algunos Potentados décadas antes.
-  ¡Blasfemo!-, gritó con una profunda ira incontenible. No era muy religioso, pero aquella voz atacaba sin piedad todo lo que creía conocer. Las visiones que le mostraba apoyaban sus declaraciones, deshaciendo sus convicciones y lo que le habían enseñado desde niño como si no fuesen más que nubes en un día de verano-. ¡No es más que una mentira! Los Benditos Potentados jamás harían tal cosa.
-  Estás viendo lo que sucedió. Tal y como pasó-, dijo la voz escuetamente mientras la ceremonia comenzaba-. Si no crees lo que ven tus ojos, no es mi problema.
Durante varias horas, aquel fantasma del pasado obligó a Pallowen a contemplar la aburrida ceremonia y el baile posterior. Ver comer, beber y bailar a aquellos seres, muertos hacía tanto tiempo, le hizo rugir las tripas y molesto, sacó una torta de viaje que comenzó a masticar mientras los fantasmas lo traspasaban de cuando en cuando, causándole el inquietante cosquilleo cuando lo hacían.
Vio una y otra vez, con profundo dolor en su alma, como Miwel, los Potentados y los Celestes hablaban y reían juntos. Vio como la célebre, virtuosa e inconfundible Letto, potentada de las doncellas puras y a cuyo sacerdocio había prometido a una de sus hijas, bailaba coqueteando con descaro con uno de los atractivos celestes. Finalmente también vio con pesar como dos de aquellos celestes, de evidente aspecto marcial y que portaban sobre sus pechos Estrellas idénticas a la de Miwel, hablaban y reían con este como si fuesen viejos camaradas de armas.
-  ¿Por qué me has mostrado eso, Espectro?-, preguntó abatido Pallowen en cuanto la fiesta hubo llegado a su fin y los ecos de esta se disiparon en la oscuridad de la caverna.
-  Porque si quieres obtener la Estrella, tienes que conocer la historia que hay tras ella.
-  No me has mostrado su historia. ¡Me has mostrado una mentira!-, gritó furioso mientras trataba de permanecer cuerdo ante aquel ataque a las enseñanzas de los religiosos-. Si quieres que te crea muéstrame como luchó contra los demonios. Muéstrame cómo, si no fue gracias a una reliquia sagrada, venció a los Monstruos sin Alma que amenazaron a todos los hombres de la Existencia.
-  No los venció solo, de eso no hay duda alguna-, dijo sin aparentar enfado alguno-. Comandó a millones de soldados, que dieron sus vidas con arrojo.
-  ¿Entonces él no luchó?-, preguntó con una súbita decepción que no pudo ocultar-. ¿Fue como uno de los hacendados? ¿Un cobarde que se escudaba tras una montaña de soldados?
-  Si qué luchó, pero no ganó la Estrella por luchar con sus manos y ver morir a…
-  Entonces muéstrame cuando luchó contra ellos ¡Necesito verlo!-, insistió tercamente Pallowen.
La voz accedió y tras guiarlo por muchos pasillos hasta una sala en las profundidades del edificio, le mostró los recuerdos de su vieja vida. Pallowen vio a un Miwel que no tendría más de quince años, igual que los compañeros con los que avanzaba.
 Todos caminaban nerviosos. Miwel murmuraba una oración que su descendiente no fue capaz de comprender. Otro manoseaba compulsivamente un pequeño y tosco rosario que tenía atado en torno a su muñeca. Otro temblaba en silencio mientras las lágrimas se deslizaban incontenibles por su mejilla aún imberbe. No cabía duda alguna. Aquellos chicos se dirigían a la batalla y estaban aterrados.
Durante horas Pallowen no pudo sino contemplar, con estremecida fascinación, el horror más puro y descarnado. Nada le ahorró el espectro de Miwel de sus memorias, recreando para él un infierno tras otro, rememorando imágenes de batallas que habían sucedido hacía más un milenio. Pallowen vio como sus ancestros se enfrentaban juntos a los demonios y escuchó, aunque pocas veces entendía la totalidad de las palabras, como maldecían las “aberrantes máquinas heréticas” que habían creado.
Monstruos de pesadilla surgían sin previo aviso ante sus ojos, sin poder alcanzarle era cierto, lo cual no evitó que temblase de miedo y llorase de pavor. Sin embargo, por mucho que le aterraran, no podía  dejar de mirar aquellas extrañas y heroicas gestas contra los demonios.
Vio esqueletos de reluciente metal, horribles bestias con infinidad de patas que se movían por pura hechicería demoniaca. Nubes de tormenta se cernían sobre barrizales y cenagales, asfixiando, quemando o derritiendo la carne de los desdichados hombres con los que se topaban en su camino. Bolas de fuego y de luz aparecían sin cesar por doquier mientras los hombres luchaban en colosales murallas, más altas que cualquier montaña que aquel herrero hubiese visto en su vida.
Fascinado, Pallowen contempló desde la perspectiva de su ancestro, como un día todo el horizonte pareció convertirse en luz, el mismo día en el que gigantescas armaduras negras descendieron de los cielos para perseguir a los demonios, aniquilándolos sin piedad alguna. Una de aquellas se posó frente a Miwel y tras unos segundos, un celeste de aspecto rudo surgió de su interior para estrechar la mano del ancestro de Pallowen.
Durante días seguidos observó con fascinación como Miwel seguían luchando, ora en las murallas, ora frente a ellas, o incluso en el infinito páramo que se extendía más allá de ellas, llevando la destrucción a los demonios. Pallowen luchó por permanecer despierto mientras observaba como el tiempo de su ancestro transcurría como en un suspiro. Contemplaba como aparecían cada vez más arrugas en el rostro de Miwel, como enormes heridas de combate cicatrizaban y el abundante pelo negro se convertía en un ralo cepillo blanco como la nieve.
El descendiente de semejante hombre contempló, con cierta tristeza, como del grupo original ya solo quedaba Miwel y como este huyó a un lugar del que volvió convertido en oficial. Volvió cambiado y comandó con habilidad, primero a unos cientos y más tarde a decenas de miles de muchachos, sin que el más mínimo atisbo de duda cruzara su rostro al mandarlos a afrontar muertes casi seguras.
Tras muchas jornadas sin apenas salir de la sala, le mostró lo que no podía ser sino el final de la guerra. De pie junto a su ancestro, Pallowen contempló como la luz del día estallaba bajo las rocas de las montañas, antes de que una ola de tierra y escombros se alzase hasta el cielo. Poco después, los ahora ejércitos de Miwel, entraron inmisericordes en el mismísimo hogar de los Demonios.
Entre aquellas imágenes veía a potentados y celestes, luchando unidos, curando a los hombres… derramando la sangre que, tal y como pudo ver Pallowen, era tan roja como la suya.
Pallowen no era un estúpido. Aquellas imágenes y las conversaciones que contenían no tenían resquicio alguno. No como las historias de los monjes, llenas de paradojas, parábolas y ejemplos estériles y contradictorios. Estaba seguro que lo que aquella voz surgida de la nada no le mentía y solo le mostraba una verdad objetiva y descarnada.
Tras haber contemplado las memorias de su ancestro, Pallowen caminó hasta la cripta, donde encontró su tumba. Retiró con un enorme esfuerzo la tapa labrada de piedra blanca y contempló el esqueleto de Miwel, que lo observaba ataviado con los ahora deshilachados ropajes que había visto en las imágenes de su entierro.
Sobre su pecho, brillando con la misma luz azulada que salía de la Llave que el Abad le había entregado, relucía y destellaba la Estrella. El espectro de su antepasado aseguraba que no era más que una joya valiosa, pero tras contemplado los horrores a los que se había enfrentado su dueño original, Pallowen la consideraba algo sagrado. Incluso más que antes.
Contempló la joya sin atreverse a tocarla. En el centro de una placa de un extraño metal se hallaba bellamente engastada una gloriosa piedra preciosa, de dos pulgadas de lado, perfectamente transparente y que albergaba una esfera de luz azul y verde. En esa esfera, lo que era evidentemente un mapa, relucía entre los cuadrados que cubrían la  superficie de aquel orbe.
Sabía que no podía entregarle la Estrella al Abad, ya que en cuanto la tuviese en su poder haría todo lo posible por destruirla. Pero ahora que sabía que la supuesta corrupción no era más que la simple verdad. Una verdad que toda su vida había supuesto y cuya confirmación amenazaba a su mujer, hijas y a sí mismo. La verdad de que los potentados no eran más que hombres y no poderosos seres enviados por el Único Dios Verdadero.
-  No puedo volver con el Abad-, dijo Pallowen tras un buen rato-. Tiene que haber otras salidas ¿No es cierto, Honorable Antepasado?
-  No sé si seguirán accesibles, pero originalmente había veinticuatro accesos a esta ciudad desde la superficie-, le respondió la voz de ultratumba de su ancestro.
Pallowen se encaminaba de nuevo hacia la caverna, tras dejar la tumba sellada de nuevo y la Estrella de la Federación reposando intacta sobre el pecho inerte de su legítimo dueño. Antes de poner un pié fuera de aquel edificio blanco, agachó la cabeza con toda la ceremonia de la que fue capaz y se despidió de aquella voz que tanto le había enseñado.
-  Ha sido un honor compartir los recuerdos que almacena la Estrella-, respondió la voz de Miwell, que resonó con fuerza en la lujosa entrada. Esta se llenó de nuevo con una gran multitud de espectros, que esta vez lo miraron expectantes unos segundos antes de inclinarse con reverencia y desvanecerse en silencio.
Lo que días antes le habían parecido ruinas deprimentes y lúgubres ahora aparecían ante sus ojos iluminadas por la sempiterna luz celeste de su anillo, mostrándole una belleza ancestral que antes no había sido capaz de apreciar.
El ascenso por la nueva gruta fue complicada, teniendo que luchar de cuando en cuando, contra la errática corriente de uno de los riachuelos. Pero aquella dificultad lo animaba, pues sabía bien que el agua tenía que venir de algún sitio. Cuando finalmente surgió de las profundidades de la tierra, lo primero que vio fue la Lucerna reluciendo inmóvil sobre las lejanas montañas, y lo segundo el extraño grupo que surgió de la nada cerrándole el paso.
Pallowen se encaminó de inmediato hacia la gruta pero dos hombres se interponían ya en su camino. Ataviados con extrañas armaduras y objetos que únicamente podían ser armas, parecían haber surgido de la nada y bloqueaban el camino por donde había pasado unos pocos segundos antes. Aterrado tuvo que seguirlos sin oponer resistencia y no pasó mucho hasta que llegaron a lo que, sin duda alguna, era una de las abominaciones con la que los Celestes descendían de los cielos.
Sin darse cuenta comenzó a murmurar por lo bajo uno de los salmos de protección, pero no consiguió llegar ni a la mitad del primer verso. Lo sabía vacío, falso e insustancial, carente de toda utilidad. Un celeste, ataviado con elegantes, aunque extraños ropajes, surgió del interior de aquel alargado objeto y de inmediato lo saludó amigablemente y con corrección, tratándolo como si ambos fuesen iguales.
-  Espero que mi escolta no te haya asustado-, dijo despreocupadamente en un perfecto Lashés sin acento alguno.
Pero antes de que pudiese continuar, Pallowen consiguió superar la impresión inicia, arrojándose sobre la hierba y la tierra del prado. Arrodillándose ante ellos y humillándose mientras su frente y su pelo se manchaban con el barro húmedo, les rogó a aquellos seres humanos tan poderosos que rescatasen a su familia, que se encontraba retenida y amenazada por la guardia del hacendado.
El celeste lo miró dubitativo, cerró los ojos durante unos segundos, como si meditase, y en cuanto los abrió, una fugaz sonrisa cruzó sus labios antes de aceptar.

Sólo un Juego

La estrecha cabina era solo una extensión del espacio vacío que lo rodeaba. Las estrellas brillaban tenuemente alrededor de su ocupante y diversas marcas flotaban en la lejanía, señalando con su brillante color verde la ubicación de las pocas naves amigas conocidas. El caza hacía un seguimiento visual regular de aquellas naves con las potentes cámaras secundarias del mismo y su incansable paciencia digital.
Multitud de gráficos e imágenes flotaban alrededor del joven piloto, mucho más cerca que las inalcanzables estrellas, indicándole de un vistazo las señales recibidas por su caza, el estado de su nave, suministros, combustible e infinidad de otros pequeños detalles que no podía pasar por alto en ningún momento.
Tras observarlo todo una y otra vez con gesto aburrido, sin poder evitarlo, Devian abrió la boca en un audible bostezo. En medio de este un tenue pitido armónico resonó en su casco y un icono llamó su atención sobre una de las naves.
-          Hebra 8 en línea-, dijo automáticamente aún a mitad del bostezo mientras enviaba la señal. Estaba molesto por el momento que habían escogido para conectar. Acalló el bostezo y continuó con seriedad mientras iniciaba varios programas-. No hay presas a la vista.
-          ¡Estate atento, novato!-, regaño una voz molesta por el casco. En una pequeña ventana frente a sus ojos apareció una pequeña cuenta atrás, que en pocos segundos llegó al cero y se transformó en un recuadro verde al tiempo que una nota resonaba suavemente en su oído-. Red en línea. La araña escucha.
Sonrió dentro de su casco mientras seguía con su constante observación. Aun tenía que averiguar quién era el gracioso que redactaba las claves de la flota. Solo tenía a su disposición los datos que captaba su pequeño caza pero, en la nave que aquel icono verde representaba, se analizaban los datos conjuntos de todos los cazas de escucha, ahora enlazados por un haz laser seguro con la fragata y convertidos en vértices de una gigantesca antena que se extendían varios megámetros[1].
-          La araña duerme-, dijo la fría voz por el enlace de audio tras cinco largos minutos de silencio.
Desganado comprobó que el enlace se había cortado y observó durante unos segundos el cuadrado verde que señalaba la posición actual de su fragata nodriza. No pudo evitarlo y bostezó de nuevo sacudiendo al tiempo la cabeza. Era la peor parte de cualquier batalla: esperar buscando leves señales, encerrado sin hacer nada. Preferiría mil veces estar en una patrulla cercana, o incluso estacionado como caza de alerta temprana en bodega de una nave nodriza. El aburrido silencio del aislamiento podía hipnotizarte y hacer ver señales por doquier o lo que era peor, no ver las que eran obvias.
Los minutos pasaban lentamente y los bostezos se sucedían atravesando el silencio sin cesar, haciendo que el joven piloto desease con todas sus fuerzas que algo pasase. Repentinamente la cabina se sumió en tonos rojos y un intenso pitido penetrante rasgó el silencio con brusquedad, eliminando cualquier rastro de aburrimiento o somnolencia del joven piloto.
-          ¡Hebra 8 iluminado! ¡Hostil en cola! Vector 174, ascensión menos 35, distancia desconocida. ¡Procedo a evasión y caza! ¡Solicito fuego libre! -, gritó con urgencia. En los pocos segundos que duró el contacto, maximizó los modificadores de inercia del caza y conectaba su motor, listo para salir a toda velocidad.
-          Hebra 8, fuego libre denegado. Protocolo Puñal.-, dijo casi de inmediato una nerviosa voz desde su fragata.
-          ¡Recibido! ¡Puñal! Hebra 8, fuera.-, dijo el piloto mientras aceleraba su caza a toda potencia en línea recta, cerraba la comunicación y murmuraba molesto-. Y es él el que está nervioso…
Mientras aceleraba a toda potencia, sabía que había comenzado a brillar y gritar su posición en los sistemas de toda nave de la zona. Una nueva alarma comenzó a gritarle con su molesto zumbido, que un misil se acercaba a toda velocidad desde uno de sus lados.
Rápidamente envolvió su caza con una nube de polvo interceptor y, mientras apagaba el motor, programó con rapidez varios señuelos y los soltó. Prosiguieron con sus rumbos erráticos, alejándose del caza que se ocultaba en medio de una nube de refrigerante que apagaba lentamente las señales inequívocas de su motor. El misil destruyó uno de los señuelos en una bola de plasma que eliminó todo rastro del metal e interfirió levemente los sensores de Devian, que dejó escapar un fuerte suspiro de alivio.
Antes de que su motor se hubiese helado de nuevo, el piloto ya había rotado la nave sobre sus ejes, enfilándola con su batería de sensores principales hacia el vector del atacante. En cuanto lo creyó seguro, modificó la órbita del caza con toda una serie de breves y controlados estallidos químicos, al tiempo que exploraba toda la zona con ansiedad.
Tras diez eternos minutos consiguió detectar en uno de los gráficos una ligerísima fluctuación. Estaba bastante alejada del origen de la señal original, pero aún así dentro del rango. Centró los sensores pasivos en aquella zona y tras varios minutos más de espera, por fin sonrió con satisfacción. Tenía la posición exacta del su perseguidor y para confirmar que no se trataba de un señuelo, utilizó su telescopio para contemplar el rostro de su oponente.
En pocos segundos una imagen apareció flotando a su izquierda. Una estrecha y corta línea gris quebrada se perfilaba dentro de un pequeño cuadrado rojo, el único rastro de un caza apenas visible.
Mientras esperaba impaciente a que aquel caza se acercara lo suficiente como para no darle ninguna oportunidad, no pudo evitar preguntarse dónde estaría el resto de la flota enemiga, los cazas compañeros de su objetivo, o su nave nodriza. Tuvo que esforzarse por conservar el control  y no disparar a aquel blanco, silenciosamente encañonado por la cámara principal de su nave.
La pantalla mostraba la órbita del caza hostil y el punto de máxima proximidad, el momento perfecto. Sin poder contenerse por más tiempo, quitó el seguro del puñal y apretó el disparador. Un fuerte sonido invadió la cabina mientras esta se estremecía. Cinco golpes secos que se sucedieron en menos de medio segundo, al salir desde su nave unos pocos proyectiles sólidos a una velocidad irrisoria.
Devian apenas podía contener su impaciencia. Sus brazos y piernas permanecían firmes sobre sus controles, pero apretaba los dientes dentro de su casco, murmurando ansiosamente a la espera del impacto.
Antes de que lo alcanzaran, la cabina se iluminó de nuevo de rojo y el pitido de alarma perforó de nuevo el silencio. No pudo esperar a ver el impacto. Aceleró y comenzó a volar erráticamente en medio del vacío. Giró su caza y lo enfiló hacia el origen de aquellas señales mientras permanecía con sus instrumentos en silencio, guiándose en medio de la oscuridad gracias al grito constante de los sistemas de puntería de los cazas enemigos.
Otro pitido y con su respectiva cruz apareció en su cabina. Pocos segundo después otra nueva cruz apareció al tiempo que un nuevo pitido se la señalaba. Ya eran tres cazas que trataban de abatirlo con sus disparos y las fugaces líneas de luz pasaban casi rozando su nave.
De repente fue demasiado. Devian abandonó toda disciplina y, tras quitarle el seguro a todas sus armas, comenzó a disparar su cañón principal a toda la velocidad que era capaz. Contempló como el triangulo rojo de su pantalla desaparecía en una pequeña explosión y maniobró con agilidad, esquivando la nube de escombros que se precipitaba en su trayectoria.
Sin detenerse a pensar, maniobró esquivando los disparos enemigos mientras localizaba su origen y trataba de obtener un tiro limpio. Disparó un par de veces, pero no consiguió abatirlo y siguió enzarzado en la lucha a corta distancia hasta que consiguió situarse para un tiro certero. Apretó el disparador y toda la cabina se llenó de una potente y cegadora luz blanca.
-          ¡Mierda!-, gritó mientras golpeaba con su puño uno de los laterales de la cabina-. ¿Qué ha pasado?
-          Que estás muerto-, dijo una severa voz tras unos segundos de silencio. Una puerta acababa de abrirse en la cabina y un hombre con insignias de supervisor se asomaba tras ella-. Date prisa, tu maestro de batalla quiere hablar contigo. Ve directo a la sala de observación. Ya te cambiarás luego.
-          Si, supervisor-, respondió mientras apretaba los puños y trataba de sonar sereno.
Soltó sus arneses y con un suave empujón salió flotando de la cabina a las pasarelas que daban acceso a las interminables hileras de simuladores. Se deslizó entre ellas, esquivando cada poco a los supervisores y técnicos que trabajaban en la enorme máquina de las que eran parte todas aquellas cabinas.
La sala de observación era un gigantesco anfiteatro que rotaba en torno al eje de la  academia. En una de sus paredes, un gigantesco cubo negro flotaba mostrando fielmente con sus iconos, las naves, datos y acciones de todas las naves participantes en la batalla. Tras las mesas que ocupaban el semicírculo escalonado que era la sala, múltiples profesores de la academia seguían con atención los movimientos de las naves simuladas de sus alumnos. En cuanto lo vio, su maestro le hizo señas con uno de sus brazos para que se acercara.
-          ¿En qué estaba pensando, Saul?-, le dijo molesto en cuanto llegó a su lado. Con una mano hizo girar una de las imágenes que flotaban frente a él y se la mostró con claridad. La cabina de su caza era atravesada fácilmente por un haz de partículas, estallando en una nube de metralla que se extendía con forma de cono-. ¿Cómo ha podido fallar y encima caer en una emboscada tan obvia? ¿Por qué no comprobó los alrededores antes de atacar?
-          No fallé, señor-, se defendió molesto-. Y no había nadie en mis pantallas.
-          No me diga… -, dijo con un sarcástico sonsonete al tiempo que rebobinaba. Las imágenes le mostraban al caza enemigo esquivando con irrisoria facilidad sus disparos y como aceleraba repentinamente-. Se precipitó. No tiene paciencia y se confía demasiado Saul. Solo presta atención a las radiofrecuencias y, muy rara vez también le echa un vistazo a las microondas. Tenía a los cinco cazas fácilmente detectables por infrarrojo lejano. Su hubiese mantenido la cabeza fría…
-          ¿Cinco?-, preguntó comprobando más detalladamente las pantallas-. Solo había tres.
-          Solo vio a tres, aquellos que fueron tan estúpidos como para iluminarle con sistemas activos. Fue el cuarto, este-, dijo señalándolo con el dedo-. Siguió el reflejo de la señal de sus compañeros y el rastro de energía de sus armas.
-          ¿Puedo ver las imágenes otra vez?-, el maestro de batalla las pasó otra vez a cámara lenta mientras controlaba otras maniobras en el resto de sus pantallas y fruncía el ceño con disgusto. En cuanto terminó la repetición continuó-. Que no se le olvide la reunión de equipos a las veintidós, hasta entonces cuenta con el día a su discreción… y nada de entrevistas.
-          Sí, señor. Gracias, señor.-, se despidió mientras se tocaba el hombro izquierdo con su puño.
Solo otro chico estaba en el anfiteatro y recibía constantes críticas de su propio maestro. Por lo que pudo ver en su uniforme de combate, era del equipo contrario, así que Devian se alejó rápidamente de allí y ascendió por las escaleras hasta el palco de observación. No tenía gana alguna de conocer a quien había derribado.
Mientras contemplaba las lentas maniobras de las flotas, sacó el comunicador personal del bolsillo de su pernera y llamó. Durante un buen rato contempló frustrado aquel lento baile de naves, sujetando con una mano su casco y equipo de vuelo, y con la otra la pequeña placa transparente frente a él.
-          ¿Pero qué?-, bostezó finalmente una voz sin imagen desde el otro lado-. ¿Dev? ¿Pero qué hora es? ¿No tenías batalla hoy?
-          Buenos días, Fee-, saludó al sonriente busto estático-. Acabo de causar baja…
-          ¿Ya es tan…? Pero si no son ni las diez y media ¿Ya te han matado?-, preguntó aún medio dormida.
-          Si…-, dijo avergonzado. Tras carraspear preguntó-. Oye… ¿Y qué haces aún en la cama?
-          ¿No te acuerdas? La fiesta de cumpleaños de Lisi duraba hasta las a las tres, que zarpaba su lanzadera-, dijo mientras se escuchaba claramente como su compañera de cuarto le pedía silencio.
-          Claro… -, murmuró Devian molesto por no haber podido acompañarlas-. ¿Haces algo hoy?
-          Tengo que ponerme al día con gravimétrica…
-          ¿Necesitas que te eche una mano? -, dijo tras un rato intentando no sonar impaciente.
-          ¿No te importa?
-          No si luego me ayudas con astrografía-, dijo con una sonrisa-. Además, te garantizo que no va a pasar nada en unas cuantas horas. ¿Te espero en la biblioteca?
-          Nos vemos allí-, se despidió Fee.
Se encaminó hacia el vestuario, donde se dio una larga ducha, cambió su ceñido uniforme de combate por el más holgado de diario y se marchó caminando hasta su cuarto para dejar su bolsa.
Mientras recorría los pasillos hacia la biblioteca, continuó observando la batalla que se proyectaba casi en exclusividad en toda la academia. A diferencia de lo que se veía en las cabinas de los simuladores, en aquellas imágenes los cazas estaban artificialmente iluminados y resaltados,  identificándolos clara y escuetamente mientras se escogían los ángulos más espectaculares. Los comentaristas discutían cada movimiento, mostrando tan solo diagramas de las maniobras y sus ataques.
En la pequeña plaza que se extendía frente a la puerta de la biblioteca, varias pantallas flotaban frente a los mamparos mostrando una y otra vez a su caza, maniobrando con dureza, mientras una voz comentaba emocionada lo que sucedía, pero no se quedó a observarlos.
Se encaminó hacia la puerta de la biblioteca, donde un par de periodistas esperaban para atosigar con preguntas a cualquiera de los cadetes que pasase por delante de sus objetivos. Sin embargo sus preguntas solo fueron contestadas con un molesto: “sin comentarios”.
Tras cuatro horas de estudio, mientras ambos estaban sentados a solas en una de las mesas del comedor, Fee le dio un ligero toque con el pié. Con la cabeza le señaló con disimulo un grupo de ignis con sus inconfundibles uniformes, que se acercaban por su espalda mientras seguía hablando sin cambio alguno. No tardaron mucho en sentarse a su lado y presentarse con una sonrisa algo forzada.
-          ¿Tú eres Devian Saul, verdad?-, dijo la única soldado del pequeño grupo con evidente frialdad oculta tras una gran, pero amenazadora sonrisa-. ¿El piloto del caza?
-          Si soy yo, ¿ves?-, dijo señalando con el tenedor lleno de comida hacia una de las pantallas que mostraba su imagen al entrar en la biblioteca.
-          ¿De verdad dejan pilotar a retacos como tú?-, exclamó bufando otro soldado-. ¿O solo a los que le hacen la pelota a los profesores?
-          ¿Por lo menos yo no choco contra las paredes cada dos por tres?-, respondió Devian desafiante.
-          ¿No tendrías que estar encerrado, arrestado o algo? -, dijo otro de los ignis.
-          ¿Por qué tendría que estarlo?-, preguntó Fee alarmada.
-          Al parecer se han cargado a un montón de su equipo por su culpa, encanto-, le respondió la única chica mientras le guiñaba un ojo. Después se dirigió directamente a Devian y le dijo con la sádica sonrisa aún en su rostro-. No sé cómo no eres capaz de enseñar la cara, con lo que hiciste.
Sin mediar palabra Devian sacó su placa transparente y la colocó sobre la mesa. La misma imagen de las pantallas apareció en ella y por fin pudo oírla sin problema alguno la discusión de ambos comentaristas.
-          Y todo terminó con la perdida de la fragata Azul F45 y sus tres cruceros de apoyo-, dijo uno de los cadetes que ahora comentaban la batalla.
-          Así es. Lo que en un primer momento comenzó como un alarde de la habilidad de un piloto novato, ha acabado por transformarse en una grave pérdida para el equipo azul. La total aniquilación de una escuadra de cazas ligeros, tres cruceros de apoyo y una fragata de exploración puede llegar a costarles la batalla.
-          Sin duda la mayor pérdida ha sido la F45. Un golpe durísimo para el equipo azul, que sin ella se queda sin grupo de exploración en uno de sus flancos. Pese a ello, y aunque abandonó toda disciplina señalando la ubicación de su grupo, lamentaría profundamente no volver a ver pilotar a Devian Saul -, dijo animadamente el cadete que comentaba mientras la cara del mencionado aparecía negándose a ser entrevistado, antes de intercalar escenas de la batalla-. Como podemos ver de nuevo, sus movimientos son fluidos y es, a pesar de sus obvios errores, uno de los pilotos más prometedores de la liga. Ese chico conseguirá hacerse con el título de novato del año, siempre que pueda continuar en juego y si consigue mantener el control de…
-          ¿Dev, que es eso de no poder seguir?-, preguntó Fee alarmada.
Devian continuó escuchando los comentarios que alumnos mayores hacían sobre sus movimientos, ignorando el ruido de las discusiones y hasta las preguntas de Fee o los comentarios despectivos de los ignis. Tras repetir un par de veces su pequeña escaramuza con los cazas verdes y pasaron a mostrar el ataque a la F45, levantó la mirada y con una tranquilidad, que no sentía en realidad, dijo:
-          Fee, son las reglas. Las bajas del equipo perdedor son permanentes y los del equipo vencedor, se reintegran como refuerzos. Si mueres pero tu equipo gana, continúas. Si no, a esperar hasta el año siguiente.
-          ¿Y cómo estás tan tranquilo, novato? Os van a dar una paliza y encima por tu culpa-, preguntó agresivamente uno de los ignis, que no le quitaba el ojo de encima a las naves.
-          ¿Y qué sabrás tu de los combates espaciales, pisaesferas?-, le replicó secamente mientras contemplaba el simple mapa de la batalla que flotaba en el panel-. No tienes ni idea de lo que está pasando… Además, si crees que mi equipo lleva las de perder. ¿Por qué no intentas sacar tajada?
-          Titus, no-, le dijo su compañera con severidad-. Sabes que aquí son ilegales y el comandante las prohibió expresamente.
-          Venga, esto no será una apuesta, ¿verdad?-, comentó con una sonrisa feroz-.Será más bien un pequeño juego. ¿Cuánto suele ser lo normal en este sitio claustrofóbico? ¿Diez? ¿Veinte créditos?
-          He ganado más jugando al cebil. ¿Cien es demasiado para ti, grandullón?
-          ¡Dev!-, susurró Fee alarmada ante la suma.
-          ¡Hecho! Cien créditos a que gana el Equipo Verde-, dijo tendiéndole la mano.
-          ¡Hecho!-, le respondió estrechándosela con toda la fuerza que pudo, mientras soportaba sin parpadear el dolor que le producía la implacable mano que atenazaba la suya.
-          ¿Cuando acaba la batalla?-, preguntó el único ignis que no había dicho nada.
-          A las veintiuna como muy tarde-, contestó Devian mientras se levantaba con la bandeja vacía-. Estaré en El Abismo hasta las veintiuna treinta viendo el final, así que espero que me lleves el dinero allí sin falta. Titus.
-          Allí te veré… Devian-, se despidió el ignis con frialdad.
Fee se levantó también y lo siguió rápidamente y en silencio, pero una vez salieron del comedor, no pudo más. Sujetándolo por el brazo, lo arrastró hacia las puertas de uno de los refugios de emergencia mientras lo recriminaba con la mirada.
-          ¡Por todo el vacio celestial, Dev! ¿Acaso estás loco? Desafiar así a unos ignis que te sacan un palmo y que están a punto de entrar en servicio.
-          ¿Pero tú has visto a esos engreídos acusándome? No tienen ni idea de lo que pasa y se atreven a burlarse.
-          Eso da igual. Les has seguido el juego a esos brutos. Perderás un dineral por orgullo y encima acabarán por darte una paliza.
-          No puedo creerlo -, murmuró Devian asombrado-. No lo ves…
-          ¿Ver el qué?
Como Shen, el compañero de Devian, aún seguía en el simulador pensó en aprovechar la oportunidad para mostrarle lo que sabía a solas. Sin embargo, uno de los supervisores les impidió el paso en el acceso a su sección de dormitorios.
-          Devian, sabes que no puedo dejar pasar a tu amiga.
-          Venga, si solo viene a echarme una mano con astrografía.
-          Para eso están la biblioteca y las salas de estudio-, terció firme. Se dirigió a Fee y le dijo-. Lo siento, pero tendréis que ir a la biblioteca.
-          No pasa nada. Tampoco le iba a servir de mucho-, respondió sonriendo jovial. Luego, se giró hacia Devian, a quien le dedicó un sutil guiño mientras se alejaba por el pasillo-. Nos vemos luego, ¿vale?
Devian cruzó el acceso, caminó un buen trecho y se detuvo, cruzándose de brazos y apoyándose contra una de las paredes. No pasó mucho hasta comenzar a oír leves golpes y un suave sonido rasgado, hasta que la voz de Fee susurró:
-          Sujeta esto-, dijo bajando el panel hasta sus manos.
-          Pensé que ya no venías-, comentó Devian mientras lo sujetaba y miraba alrededor mientras Fee se descolgaba desde el hueco-. ¿Qué te entretuvo?
-          Cállate y pásame el panel-, dijo y acto seguido comenzó a pasar un polarizador de mano por los bordes hasta que lo hubo fijado del todo-. Vamos.
Se guardó sus herramientas rápidamente en uno de los bolsillos y comenzaron a caminar a toda velocidad por los pasillos hasta entrar en el cuarto y cerrar la puerta tras ellos. Las luces se encendieron iluminando la estrecha habitación, con las paredes llenas de cambiantes fotografías de caras conocidas o no, intercaladas con las de famosas naves espaciales.
Fee se dirigió directamente hacia la cama de Devian y se lanzó en plancha sobre esta, mientras se reía y comenzaba a rebotar varias veces. Sonriendo se dio la vuelta y preguntó:
-          ¿Qué es lo que tenía que ver?
-          Espera, te lo enseñaré. Pero prométeme que no le dirás a nadie que tengo esto-, dijo mientras abría un cajón y sacaba una caja de su interior.
-          ¿Por qué? -, preguntó Fee, sin obtener respuesta-. Vale, no se lo diré a nadie.
-          Si se enteran que tengo algo así no me dejarían en paz.-, dijo colocando una serie de bolas en las esquinas del cuarto.
-          Dev, solo es un proyector-, dijo desilusionada
-          Si tú lo dices…
Devian se sentó tras ella y se apoyó contra la pared mientras apagaba la luz. Y de repente, la habitación se convirtió en el vacío interestelar donde se libraba la batalla. Las estrellas brillaban lejos y las naves flotaban en medio del cuarto, casi al alcance de la mano. Cientos de gráficos surgieron en el vacío, mostrando los gráficos y datos de cada nave, enlazándose con ellos con una estilizada línea del color de su equipo.
-          ¿Cómo has conseguido conectarlo?-, preguntó asombrada dándose la vuelta en la oscuridad-. ¿Estás enlazado con la sala de observación?
-          Sí, pero solo recibo los datos y los gestiono desde aquí. Aproveché la oportunidad que se me presentó… Como la apuesta de hoy-, comentó distraído mientras observaba las naves.
-          ¿Por qué estás tan seguro de que ganará tu equipo?-, dijo Fee retrocediendo y acurrucándose contra él mientras las líneas orbitales se entrelazaban frente a ellos -. Tenéis menos naves.
-          Tenemos menos cazas… pero también empezamos con menos-, puntualizó en voz baja acercándose a su oído-. Olvídate de los iconos, de las naves, de toda la información… Imagínate que son bailarines flotando en la bóveda.
-          Es difícil ver nada contigo haciendo eso-, dijo esbozando una sonrisa y ladeando la cabeza ligeramente contra la de Devian.
-          Eres de las mejores que he visto bailando en el vacío, Fee-, contestó tras inspirar lentamente y oler su pelo-. ¿Tanto te cuesta concentrarte si hago esto?
-          Si. Y lo sabes…-, dijo sonriendo. Pero tras unos segundos de silencio, añadió algo más seria-. Dev, que quiero ser ingeniera, no piloto ¿Qué es lo que tengo que ver?
-          ¿Ves como se mueven las flotas y se estiran retorciéndose?-, dijo Devian moviendo los brazos a ambos lados de Fee. La batalla avanzaba y retrocedía a gran velocidad, cambiando de ángulo al acatar las órdenes de sus dedos.
-          Si. Están todas muy dispersas… Pero eso no es raro, ¿No?-, dijo Fee.
-          No. No es raro. Pero eso solo es lo obvio-, se acercó al oído de Fee y susurró mientras varias naves azules brillaban con intensidad-. Fíjate en las naves de exploración. ¿Ves como se mueven?
-          Si. Pero no lo pillo-, repuso tercamente mientras se recostaba contra Devian-. ¿Qué me estoy perdiendo?
-          A esa distancia es imposible que no hayan detectado la flota verde-, dijo como si fuese obvio-. Pero lo más importante, fíjate como toda la flota vira al unísono cuando se activan las AMM[2], manteniéndose siempre fuera del alcance enemigo. Nirme sabe donde están y nos sacrificó para alejar su atención del grupo principal.
-          Eso es mucho suponer, Dev-, dijo con pesar-. Creo que aquel ignis te va a desplumar y si te niegas a pagar, te dará una paliza.
-          ¿Quieres apostar tú también? -, le preguntó con seguridad. Fee se dio la vuelta y se acercó a su oído en medio de la oscuridad, susurrándole unas pocas palabras. Devian sonrió y sin dudarlo dijo-. Acepto encantado.
La puerta se abrió de repente y volvió a cerrarse. Una voz se alzó traspasando el fondo negro antes de que el compañero de Devian traspasase las naves de ambas flotas sin tan siquiera notarlas.
-          ¡Esta vez has metido la pata hasta el fondo Dev! ¿Es que querías suicidarte pronto para dedicarte a otra cosa? ¿Te aburrías en la cabina?-, en ese momento se dio cuenta de que Fee estaba en el cuarto y exclamó-. ¿Y tú como has conseguido entrar aquí?
-          Tranquilo Shen, que sabes que no muerdo-, respondió Fee colorada mientras se recolocaba el pelo-. Por cierto, Dev dice que ganareis fijo.
-          ¿Pero tú qué dices? ¡Nos están dando una paliza!-, le gritó Shen furioso.
-          ¿Ves? Él tampoco lo ve-, exclamó Fee dándole un golpe seco en el pecho a Devian.
-          Por toda la Nada, Shen ¿Y tú estás en un crucero?-, casi gritó, molesto por la interrupción de su compañero en un momento tan prometedor-. ¿Es que no ves que si no lo hago yo, Nirme lo hubiese ordenado después?
Shen no dijo nada, cruzó el cuarto hasta el baño y dejó la bolsa con el equipo de vuelo sucio en el hueco para la colada. Cuando salió, se recostó en su propia cama, y mirando las naves que flotaban en medio del cuarto, continuó aún enfadado.
-          Estás tratando de justificarte, Dev. Has metido la pata y por tu culpa hemos perdido muchas naves.
-          Si. Perdí el control. Pero eran cinco cazas los que me disparaban y con proyectiles sólidos hubiese muerto sin darle a uno-, se defendió Devian irritado-. Además, todo el mundo dice que fui yo el que llamó la atención de la flota verde, pero olvidan que ellos ya me estaban disparando con cañones de energía ¿En serio no ves lo que va a hacer Nirme?
Devian extendió los brazos a ambos lados de Fee y comenzó a desplazarlos, mostrando la batalla desde el comienzo. Tuvo que repetir varias veces la batalla, a distintas velocidades, señalando las naves que consideraba claves, que dejaban líneas atravesando la habitación conforme avanzaban.
-          No puede ser…-, dijo Shen tras la quinta repetición-. ¿Intenta decapitar al equipo verde?
-          ¿Decapitar?-, preguntó intrigada Fee, que se incorporó levemente.
-          Nuestro agudo almirante Nirme, nos sacrificó mientras un grupo de ataque pesado se acercaba al acorazado capital desde otra dirección y con todo apagado-, dijo Devian haciendo relucir algunas naves-. Y si consigue abatirla, el equipo verde se quedará sin almirante, ni órdenes. Reinará el caos.
-          Al menos durante veinte minutos, puede que llegue a la hora si hay suerte -, añadió Shen aún asombrado-. Fíjate, son casi todas las fragatas aniquiladoras del equipo, con algún apoyo, claro Tienen muchas posibilidades, pero si les lanzan cazas las destrozarán…
-          No lo harán si Nirme los mantiene ocupados en la línea exterior…
-          Puede ser...-, respondió inseguro.
-          ¿Qué puede ser?-, decía Fee una y otra vez sin enterarse de nada. Durante largo tiempo, entre ambos le explicaron con sencillez lo que pensaban que pasaría hasta que finalmente exclamó-. Has hecho trampas, Dev.
-          No es culpa mía que no sepas cuando apostar-, le respondió guiñando el ojo-. ¿Vamos al Abismo a ver el espectáculo?
El Abismo era un enorme local situado en uno de los extremos del eje de la estación. Su gigantesca cúpula permitía observar las estrellas, planetas y hasta las naves que surcaban el sistema. En aquel local se reunían muchos estudiantes con tiempo libre, de día era una cafetería pero durante el ciclo nocturno de los fines de semana, la cafetería se transformaba, llenándose de jóvenes pivum que bailaban ingrávidos bajo las estrellas.
Pero durante aquella tarde lo único que hicieron fue jugar entre risas al cebil mientras bebían y comentaban la batalla. Pero en cuando comenzó el verdadero espectáculo a media tarde, abandonaron los tacos y le prestaron toda la atención a las pantallas mientras bebían en la barra. Sucedió tal y como Devian había predicho, un enjambre de bombarderos y cazas ligeros atacaron el extremo de la formación verde, atrayendo sus cazas a la refriega, convencidos de su victoria.
Los comentaristas estaban sorprendidos y alababan la astuta maniobra, ahora completamente evidente para todos, mientras las fragatas azules atacaban por sorpresa y al unísono al único acorazado de la flota verde. Aquella lucha apenas duró quince minutos, ya que el acorazado perdió sus destructores y cruceros de escolta en el primer envite. Viéndose hostigado constantemente por el fuego de las fragatas azules, acabó por explotar en una bola de plasma que se repetía una y otra vez en todas las pantallas de la estación.
-          Es una verdadera pena no ver la cara de aquel soldado ahora-, comentó Fee entre el alboroto de los gritos de ánimo o de impotencia. Tras sorber un café templado, de un estilizado tubo transparente, continuó-. Se está perdiendo una buena batalla.
-          Cuando nombras al enemigo...-, comentó Devian alzando la cabeza y mirando a la compuerta. Agitó el brazo y gritó-. ¡Titus! ¡Aquí!
Tras mirar en todas direcciones durante varios segundos, por fin comprendió que tenía que alzar la cabeza, localizándolos en cuanto lo hizo. Flotando torpemente, los ignis avanzaron por el local. Se notaba que no estaban habituados y sus caras estaban pálidas por las nauseas de la ingravidez. Tan torpes eran que, en cuanto llegaron a su altura, tuvieron que retenerlos entre Shen, Fee y Devian para evitar que se escaparan flotando hasta la cúpula del Abismo.
-          Parece que tienes suerte, novato-, dijo molesto Titus mientras en las pantallas se veía explotar en rápida sucesión cinco cruceros verdes-. La suerte sonríe a…
-          A los que se preparan-, lo interrumpió Devian sonriendo con arrogancia, substituyendo el final insultante de aquella frase.
-          O en este caso “al que sabe”-, sentenció Fee con una sonrisa-. ¿Queréis tomar algo? Invita Dev.
-          Maldita enana arrogante-, gruño la ignis.
Mientras gruía apretó los puños y se lanzó hacia Fee, para sujetarla e intimidarla. Pero sus bruscos movimientos alteraron su centro de gravedad, y Fee con un leve movimiento la lazó en una dirección inesperada para la ignis. Tras golpearse con fuerza contra uno de los pilares que decoraban el local, comenzó a girar rápidamente hacia la cúpula del Abismo, para el disfrute de todos los presentes. Algunas voces se alzaron entre el alboroto, burlándose de los brutos, pesados y torpes ignis.
-          Solo son las diecinueve, aun queda mucha batalla por delante-, desafió agresivamente Titus, negándose a ver la derrota-. El equipo verde aún puede reagruparse.
-          Nunca imaginé que los ignis fuesen unos ilusos-, comentó por lo bajo Shen mientras sorbía su refresco-. La nave capital ha caído y con ella su almirante. Los vicealmirantes y jefes de sector verdes aún luchan, pero están aislados y su coordinación no puede compararse con la nuestra, seguramente ahora estén calculando la desbandada.
-          ¿La qué?-, pregunto Fee girando la cabeza con curiosidad.
-          Calculando el salto de emergencia. La huida-, explicó Devian flotando hasta colocarse frente a ella-. Es la prueba de los perdedores, como quien dice. Conseguir calcular un salto coordinado mientras te disparan y no sabes si seguirás… Mira. El primer grupo ya ha saltado.
En la pantalla podía verse la repetición de cómo una formación bastante cerrada de cruceros y algún que otro destructor, recibían impactos en sus escudos o directamente en el casco. De repente, comenzaron a desaparecer y cinco segundos después aquella región del espacio estaba casi vacía, aunque varios de los cazas verdes seguían luchando entre los escombros. Abandonados por sus naves nodrizas, se lanzaron en un ataque suicida contra las naves del equipo azul que, en vez de destruirlas, se concentraron en inutilizarlas y capturarlas.
La batalla estaba decidida y por todo el Abismo resonaban gritos de victoria o de decepción pese a que las naves seguían luchando y explotando en las pantallas. Tras casi media hora, los últimos rezagados saltaron y muchos ya daban la batalla por finalizada, pero no lo estuvo hasta que los últimos cazas se rindieron tras ser localizados, casi media hora después.
La última oportunidad de forzar una puntuación decente para el equipo verde se desvaneció y en las pantallas comenzaron a aparecer las clasificaciones de los participantes y su puntuación. Mientras Shen buscaba la suya, Devian tendió la mano y, arrogante, chasqueó los dedos reclamando el cobro de su apuesta.
Con la mandíbula tensa por la ira, Titus le tendió una tarjeta plateada que Devian pasó rápidamente por el lector de la barra. Tras pagar las consumiciones de sus amigos de y de todos los ignis presentes, se la guardó en el bolsillo de su uniforme y pasó a prestarle toda su atención a Fee.
-          ¿Y nuestra apuesta privada?-, le preguntó interesado.
-          ¿Ahora? ¿No prefieres esperar?-, le dijo con un guiño mientras sonreía.
-          En la vida real estarías muerto, piloto-, le dijo Titus, interrumpiéndolo con frialdad. Le estrechó la mano al estilo pivum, sujetándola por el antebrazo-. Tenlo muy presente, chaval. Estarías muerto y tu cuerpo no sería más que un montón de despojos helados flotando entre restos de chatarra retorcida. Sería imposible recuperar los restos de tu cadáver.
-          Si, lo sé. Pero mis amigos y compañeros del resto de naves hubiesen sobrevivido y ganado, soldado-, repuso con altivez mientras sujetaba a Titus sin miramientos y lo miraba fijamente a los ojos.
-          Eres un pivun honorable, Devian Saul-, sonriendo de oreja a oreja y soltándole finalmente-. Creo que podrías llegar a caerme bien.
-          Gracias Titus-, sonrió a su vez-. Pero estas batallas son sólo un juego.


[1]Un Megámetro (Mm) es una unidad de longitud equivalente a 106 metros, es decir a mil kilómetros.
[2] AMM. Siglas de Antena Megamétrica. Se trata de una maniobra estándar de la flota para realizar exploraciones pasivas a largas distancias. Consiste en desplegar un número variable de cazas y nanosatélites enlazados por haces laser seguros con la nave nodriza. Al estar esparcidos a distancias de miles de kilómetros con un alineamiento específico, permite realizar interferometría de datos, contando así con una antena de gran sensibilidad que puede detectar naves que de otro modo pasarían desapercibidas.